Artículos·18 de octubre de 2026 · 6 min de lectura

Cómo ayudar a alguien con ansiedad

Qué ayuda, qué no ayuda aunque parezca y qué hacer en una crisis, también si acompañas desde lejos.

Por Camilo Fajardo, psicólogo y neurocientífico

Son las once de la noche y te llega otro mensaje: «¿Y si me echan?». Ya hablaron de eso tres veces esta semana. O es tu mamá, que volvió a cancelar el almuerzo del domingo porque no se sentía bien para salir. Quieres ayudar, le dices que no pasa nada, y al rato vuelve la misma pregunta.

Ayudar a alguien con ansiedad se parece menos a convencerle y más a acompañarle. Lo que más sirve es escucharle sin corregir, no discutir con su miedo y estar cerca sin hacer por esa persona lo que le toca hacer a ella. Lo que menos sirve, aunque nazca del cariño, es pedirle calma, quitarle importancia a lo que siente o tranquilizarle una y otra vez.

Nada de esto exige saber de psicología. Exige algo más difícil: aguantar un rato el malestar del otro sin apurarte a quitárselo.

¿Qué ayuda cuando alguien que quieres tiene ansiedad?

La ansiedad funciona como una alarma que se dispara sin un peligro cerca. Muchas veces quien la siente sabe que su miedo es exagerado. Saberlo no la apaga. Por eso un buen argumento rara vez alcanza.

  • Escuchar sin corregir. Deja que termine de contar qué le preocupa antes de opinar. A veces basta con nombrar lo que ves: «Esto te tiene dando vueltas desde ayer».
  • Reconocer la emoción sin confirmar la amenaza. «Entiendo que te asuste» le dice que lo que siente tiene sentido. No le dice que lo temido vaya a pasar.
  • Preguntar qué le sirve. «¿Quieres que te escuche o que pensemos juntos qué hacer?» Hay días en que la respuesta es lo primero y días en que es lo segundo.
  • Acompañar sin hacerlo todo. Ir juntos a la cita que le cuesta puede ayudar. Hacer siempre la llamada en su lugar ayuda menos. Puedes quedarte al lado mientras la hace.

¿Qué no ayuda, aunque parezca que sí?

Casi todo lo que no ayuda nace de las ganas de que el otro deje de pasarla mal ya mismo. Por eso cuesta verlo.

  • «Cálmate» o «relájate». Si pudiera, ya lo habría hecho. La orden le suma una tarea más y, cuando no lo logra, también culpa.
  • «No es para tanto». Busca bajarle el volumen al problema, pero suele oírse como «lo que sientes no cuenta». Después cuesta volver a contarte.
  • Tranquilizar una y otra vez. Responder por quinta vez que todo va a salir bien calma un rato. Luego la duda vuelve y pide otra confirmación, y otra. Sin que nadie lo decida, tu respuesta pasa a hacer parte de lo que mantiene la ansiedad. Puedes decirlo con cariño: «Ya lo hablamos. Sé que la duda sigue ahí. Probemos a dejarla estar un rato».
  • Evitarle todo lo que le asusta. Contestar el teléfono por esa persona, no invitarle a la reunión, cambiar la ruta para no pasar por el puente. Alivia hoy. Así nunca llega a comprobar que podía con ello, y la vida se va achicando para los dos.

Decir alguna de estas frases no te convierte en mal acompañante. Casi todo el mundo las ha dicho. Lo útil es notarlo y probar otra cosa la próxima vez.

¿Qué hago si le da una crisis de angustia?

Una crisis de angustia llega de golpe. El corazón se acelera, falta el aire, aparece mareo o la certeza de que algo grave está pasando. Verla asusta, también a quien acompaña. Lo que ayuda es sencillo.

  • Baja tu propio ritmo. Habla despacio y con pocas palabras. Tu calma se nota más que cualquier consejo.
  • Recuérdale que sube y luego baja. Suele llegar a su punto más alto en pocos minutos y después ceder. «Esto ya te ha pasado, y pasa. Aquí estoy».
  • Quédate cerca sin apurarle. Pregunta si prefiere silencio, que le hables o ir a un lugar más tranquilo. No hace falta salir corriendo a ningún lado.
  • Respira a su lado, sin dar órdenes. Si sueltas el aire despacio, puede tomarte como guía cuando quiera seguirte.

Lo que siente es real, aunque no sea peligroso. Por eso conviene evitar el «no es nada». Si es la primera vez que le pasa, o algo es distinto de otras veces, como un dolor en el pecho o un desmayo, lo prudente es que lo revise un médico, y para eso está la línea de urgencias que aparece al final de la página.

Cuando la crisis pasa, no hace falta analizarla en ese momento. Basta con un vaso de agua y compañía. Si las crisis se repiten, en ataques de pánico está contado cómo se trabajan.

¿Cómo acompaño si estoy lejos o solo hablamos por chat?

Mucha gente acompaña desde otra ciudad o desde otro país, y la ansiedad no espera a que se vean. A distancia valen las mismas ideas, con algunos ajustes.

  • Mensajes cortos y constantes. Un «¿cómo amaneciste?» casi todos los días acompaña más que un consejo largo una vez al mes.
  • Preguntar antes de llamar. En medio de la angustia, a algunas personas les sirve oír una voz y a otras les resulta más fácil escribir. Acuerden cuál prefiere.
  • Responder a la persona, no solo a la duda. Si a medianoche vuelve la pregunta de la tarde, puedes acompañar sin repetir la respuesta: «Te leo. Sé que esto te tiene dando vueltas. Mañana lo miramos con calma».
  • Conocer su red cercana. Saber quién vive cerca y puede pasar a verle te da tranquilidad a ti, y a esa persona otra mano a la que acudir.

¿Cómo le propongo consultar sin presionar?

Proponer ayuda profesional puede sonar a «estás mal» si llega en mal momento. Conviene elegir un rato tranquilo, lejos de una crisis o de una discusión, y hablar de lo que ves, sin ponerle nombre a lo que le pasa.

Una forma de decirlo: «Estas semanas te he visto dándole vueltas a todo, y se nota que te agota. ¿Y si preguntamos cómo es una cita con alguien que sepa de ansiedad? Puede ser en línea, desde la casa. Después decides si vas».

La frase nombra algo concreto y deja la decisión en sus manos. Ofrecerle escribir juntos para preguntar también ayuda, porque preguntar no compromete a nada. Si dice que no, respeta el no y deja la puerta abierta. Con un adulto, la decisión es suya, y el tema se puede retomar en unas semanas.

A veces lo que frena es no saber qué pasa en una cita. La primera es una conversación para entender qué le trae, desde cuándo y qué le gustaría que cambie, y en qué pasa en la primera sesión está contado paso a paso. En Corticalia la consulta es particular: la sesión de 50 minutos cuesta $200.000, en línea desde Colombia o el exterior, o presencial en Bogotá y Cajicá.

¿Y si quien se está cansando soy yo?

Acompañar a alguien con ansiedad durante meses desgasta. Aparecen la impaciencia, la culpa por sentirla y la sensación de que tu semana también gira alrededor del miedo del otro. Eso no habla mal de ti. Habla de alguien que lleva mucho tiempo cargando.

Cuidarte también es parte de acompañar. Puedes poner límites claros, seguir con lo tuyo y pedir relevo a otras personas cercanas. Y puedes consultar, aunque la otra persona todavía no quiera hacerlo. En una sesión se puede mirar cómo responder a la pregunta repetida, cómo dejar de evitarle todo sin sentir que te alejas y cómo cuidar tu propio ánimo.

Qué hacer ahora. Elige una sola cosa para esta semana: escuchar la próxima preocupación sin corregirla, o responder de otra manera a la pregunta que se repite. Si quieres entender mejor lo que le pasa, en ansiedad y en ataques de pánico está contado cómo se vive y cómo se trabaja. Y si tienes una pregunta, por esa persona o por ti, puedes escribirnos sin explicar el motivo.

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