Qué atendemos·Adultos y adultos mayores

Cuidar a un familiar.

Sabes de memoria los horarios de sus pastillas, y hace meses que no tienes una tarde para ti.

El día empieza antes de que suene la alarma. Miras cómo pasó la noche, le das el desayuno y las pastillas de la mañana, y sales tarde al trabajo. En la oficina contestas llamadas sobre la cita del jueves o el medicamento que no llegó. En la noche te despierta un ruido y te levantas a mirar. El sábado, que antes era tuyo, se va en hacer mercado para dos casas y en una consulta por una tos que no cedía.

Esta página es para quien cuida a un papá, una mamá, una pareja o un hijo. Una enfermedad, una discapacidad o los años hicieron que ya no pueda valerse solo en el día a día. A veces el cuidado llegó de golpe, con un diagnóstico o una caída. Otras veces fue creciendo sin que nadie lo decidiera, y un día te diste cuenta de que todo pasa por ti.

Cansarse de cuidar no quiere decir que quieras menos. Tampoco lo dicen la rabia que a veces aparece ni las ganas de tener una tarde sin nadie que dependa de ti. Son reacciones frecuentes en quien carga con mucho durante mucho tiempo, y casi nadie las dice en voz alta por vergüenza. Aquí se pueden decir.

Cuándo conviene consultar

  • No recuerdas la última vez que hiciste algo por ti. Dejaste el ejercicio o las amistades, y ya lo das por perdido.
  • El cuerpo pasa la cuenta. Duermes mal aunque la noche esté tranquila, o vives con dolor de espalda o de cabeza. Conviene que un médico revise también lo físico.
  • Se te acaba la paciencia con quien cuidas. Le hablas con un tono que después te pesa, y la culpa te dura más que el enojo.
  • En la familia todo cae en ti. Tus hermanos opinan pero no aparecen, o cada conversación sobre el cuidado termina en pelea.
  • El trabajo y tu casa se resienten. Pides permisos que ya cuesta justificar, o en tu casa te dicen que ya no estás.

No hace falta llegar al límite, ni que tu familiar empeore, para pedir un espacio propio.

Cómo se trabaja

En estas sesiones el centro eres tú. Se habla de tu familiar, porque ocupa buena parte de tu día, pero la pregunta es cómo estás tú y qué puede cambiar en tu semana.

  • Organizar la carga. Se pone por escrito todo lo que haces en una semana, desde las citas y los trámites hasta las noches en vela. Verlo completo ayuda a decidir qué se puede repartir y qué puede esperar.
  • Pedir ayuda a la familia. Se prepara la conversación con hermanos u otros familiares: qué pedir y a quién. Funciona mejor algo concreto, como «¿te puedes quedar con mi papá los sábados en la tarde?», que un «ayúdenme» que nadie sabe cómo cumplir.
  • Poner límites sin culpa. Decir que no a una tarea más, a una visita a deshoras o al familiar que opina sin ayudar. Con terapia cognitivo-conductual se revisan ideas como «nadie lo va a cuidar como yo» o «si descanso, lo estoy abandonando», que te dejan sin un solo rato propio. Hay más sobre esto en poner límites.
  • Los momentos difíciles con tu familiar. La pregunta repetida diez veces, la negativa a bañarse o a tomarse la pastilla, el enojo que se descarga en ti. Se ensayan formas de responder que bajan la tensión y que también te cuidan a ti.
  • Lo que sientes y casi no se dice. La tristeza por la vida que quedó en pausa y un duelo que empieza antes de tiempo: extrañas a quien tu familiar era, aunque siga ahí. Hablarlo sin juicio alivia y ayuda a decidir con más calma.

Cuando el nudo está entre hermanos y hace falta un acuerdo de todos sobre quién hace qué, la terapia familiar puede ayudar a llegar a él. Si a quien cuidas le está fallando la memoria, una valoración de la memoria describe qué tiene conservado y qué no, y eso ayuda a ajustar el cuidado en casa.

Si el sueño, el ánimo o la ansiedad están muy afectados, la psiquiatra del equipo puede valorarte dentro del mismo proceso, en diálogo con quien te acompaña en terapia.

Qué esperar

La primera cita es una conversación sobre ti: cómo es un día normal, desde cuándo cuidas, con quién cuentas y qué te gustaría que cambie. No hace falta tener claro qué pedir. Sales con una idea de la ruta y del siguiente paso, que todavía no es un diagnóstico. Qué pasa en la primera sesión lo cuenta con más detalle.

La terapia no cambia la enfermedad de tu familiar ni su evolución. Lo que puede cambiar es cómo la vives tú. Lo primero que suele volver es un rato a la semana que es tuyo, sin culpa. Después llegan un cuidado más repartido y conversaciones con la familia que ya no terminan en pelea.

Hay semanas que ponen a prueba lo avanzado, como una hospitalización, un cambio de medicamento o una mala noticia del médico. En sesión se revisan esas semanas para ajustar el plan, sin empezar de cero.

Cada sesión dura 50 minutos. Al comienzo suelen ser semanales, y se espacian a medida que tu semana se reorganiza. Cuántas hacen falta no se sabe de entrada. Cada cierto tiempo se mira contigo qué cambió y se decide si seguir, ajustar o cerrar. Es la misma persona de la primera a la última sesión.

Si quien cuida es alguien cercano

A veces se nota desde afuera. Tu mamá cuida a tu papá y ya no sale, o tu hermana dejó de contestar porque no le alcanza el día. Decirle «tienes que descansar» suele sonar a una tarea más. Ayuda más ofrecer algo concreto, como quedarte una tarde fija o encargarte de las citas médicas de un mes. Si no quiere consultar porque siente que no tiene tiempo, propónselo junto con ese rato libre: «Te veo cargando con todo hace meses. Yo me quedo con papá el jueves. ¿Y si usas esa hora para hablar con alguien?». Puede facilitarle el primer paso saber que la sesión puede ser en línea, desde la casa.

Preguntas frecuentes

¿Es normal sentir rabia con la persona que cuido?

Es frecuente, y casi siempre viene con culpa. Muchas veces la rabia es cansancio acumulado, o la respuesta a una situación que nadie eligió. No borra el cariño. En sesión se puede hablar de ella sin juicio y mirar qué la alimenta.

Me siento culpable cuando quiero tiempo para mí. ¿Es egoísta?

No. Un rato propio es parte de lo que te permite seguir cuidando durante meses o años. Cuidar sin descanso suele terminar en agotamiento, y eso tampoco le sirve a tu familiar. En el proceso se busca cómo hacerle lugar a ese tiempo sin que la culpa lo arruine.

Mis hermanos no ayudan. ¿Sirve que venga sin ellos?

Sí. El proceso es tuyo y empieza contigo. Parte del trabajo es preparar qué pedirles y cómo decirlo. Si después hace falta que todos se sienten a llegar a un acuerdo, la terapia familiar es otra puerta.

¿Y si mi familiar no quiere que nadie más le ayude?

Pasa mucho. Suele venir del miedo a perder independencia o de no querer ser una carga. En terapia se piensa cómo proponerle esa ayuda de a poco, sin pelear, y qué partes del cuidado se pueden soltar primero.

¿Puedo hacer la terapia en línea?

Sí, desde cualquier lugar de Colombia o del exterior. Si no puedes dejar solo a tu familiar, la sesión puede ser desde la casa, en un rato y un lugar donde puedas hablar con calma. Si prefieres venir, atendemos en Bogotá y en Cajicá. La sesión cuesta $200.000 y se paga directamente, sin autorización de la EPS.

Dónde y cómo

Presencial en Bogotá y Cajicá, y en línea desde cualquier lugar de Colombia o del exterior. La consulta es particular: se paga directamente, sin trámite de autorización ni tiempos de espera. La sesión cuesta $200.000 y dura 50 minutos — tarifa publicada, sin sorpresas. Si participa psiquiatría, su consulta cuesta $250.000.

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