Artículos·8 de agosto de 2026 · 7 min de lectura

Mi hijo no quiere ir a terapia

Qué hacer cuando la negativa es firme, qué no decir, y en qué casos conviene que el primero en ir sea otro.

Por Camilo Fajardo, psicólogo y neurocientífico

Casi siempre la escena es la misma. Se consiguió la cita, se armó valor para plantearlo, y la respuesta fue un no rotundo — a veces con portazo. Y queda la duda de si obligar, insistir, esperar, o dejarlo pasar.

Lo primero que ayuda es entender qué está diciendo ese no, porque casi nunca es «no me pasa nada».

Qué suele haber detrás

  • Que lo consideren un castigo. Si la cita apareció justo después de un boletín malo o de una pelea, la lectura es que lo mandan a arreglar. Todo lo que venga después se interpreta desde ahí.
  • Miedo a que lo etiqueten. «Si voy al psicólogo es porque estoy loco» sigue vivo, sobre todo entre los doce y los diecisiete.
  • Que lo van a contar todo en casa. Es la más razonable de las objeciones, y tiene respuesta concreta.
  • Ya lo intentó y no le sirvió. A veces hay una experiencia previa mala que nadie ha preguntado.
  • No querer que le quiten lo que está usando para sostenerse. Aparece cuando hay consumo, restricción alimentaria o autolesión, y es la que más urgencia real tiene.

Cómo plantearlo

Separarlo del castigo, en el tiempo y en el tono. No proponerlo el día de la discusión. No mencionarlo en la misma conversación que las notas.

Nombrar lo que uno ve, no lo que uno concluye. «Llevas semanas durmiendo mal y ya casi no sales» abre; «tienes un problema y necesitas ayuda» cierra. Lo primero es observación y se puede discutir; lo segundo es veredicto.

Ofrecer control sobre lo que sí se puede controlar. Elegir entre dos horarios, elegir modalidad, decidir si entra solo o acompañado el primer día. Un adolescente que llega habiendo decidido algo llega distinto.

Acotar el compromiso. «Vamos a una, y después decidimos» es mucho más aceptable que un proceso indefinido. Y hay que cumplirlo: si se dijo una, la segunda se conversa, no se agenda por encima.

Decir la verdad sobre la confidencialidad. Que lo que hable es suyo, que no se cuenta palabra por palabra en casa, y que hay excepciones — riesgo para su vida o la de otra persona. Prometer secreto absoluto es un error: si después hay que romperlo, se rompe también el proceso.

Cuatro frases que cierran la puerta

  • «Es que tú no eres así.» Le dice que la versión que están viendo no es aceptable.
  • «Yo a tu edad…» Convierte la conversación en comparación, y la pierde.
  • «Después de todo lo que hacemos por ti.» Añade culpa a algo que ya pesa.
  • «Si no vas, te quito el teléfono.» Puede lograr que asista. No logra que participe, y la terapia sin participación no hace nada.

Si el no se mantiene

Hay una salida que funciona más de lo que se cree: que el primero en consultar sea el adulto. No para hablar del hijo a sus espaldas, sino porque una parte importante de lo que se puede cambiar está en cómo responde la casa — y eso se trabaja sin necesidad de que él esté presente.

Tiene dos efectos. Uno práctico: los padres salen con formas concretas de manejar lo que está pasando. Y otro que no se busca pero ocurre: el ejemplo desactiva el estigma. Cuando el adolescente ve que en su casa ir al psicólogo es algo que hacen los adultos y no un correctivo para él, la negativa suele ablandarse sola en unas semanas.

En casos donde lo que está en juego es más amplio —discusiones que se repiten, alianzas, una casa organizada alrededor de un conflicto— el espacio indicado puede ser directamente la terapia familiar.

Cuándo no se puede esperar

Hay señales ante las que la negativa deja de ser el criterio: ideas de muerte o de hacerse daño, lesiones autoinfligidas, dejar de comer, consumo que ya interfiere con el día, o un aislamiento que se profundiza semana a semana. Ahí se busca ayuda profesional aunque no quiera, y se dice con claridad: no como castigo, sino porque hay cosas que un adulto no puede dejar en manos de la decisión de un menor.

Lo que sí depende de ustedes

Que la primera cita no llegue como sanción, que el compromiso sea acotado y real, y que la confidencialidad se explique bien. Eso no garantiza un sí — pero convierte la conversación en algo que se puede volver a intentar dentro de dos semanas, en vez de en un tema cerrado.

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